Día uno de enero
Cena y copas en casa de Alan, Ami y Maemi con la compañía de Raul y Pili y claro, la noche se había ido alargando y alargando y nos dieron las seis antes de decidir salir de allí.
Volvíamos a casa después de una de las noches mas largas y frías del año pero esta vez estuvimos preparados. Eso de salir fuera errando en la búsqueda de un bar se lo dejamos a almas jóvenes llenas de energía y calor.
Cual gente sin respeto, pero con una sonrisa, terminábamos nuestra ultima lata de cerveza en el metro camino a casa. En el vagón, nosotros dos, Felip y una pareja de japoneses cuarentones que mostraban abiertamente que estaban enamorados.
Mientras que comentábamos entre nosotros que eso no era muy normal verlo y lo que le alegraba a uno el día, la pareja empieza a sonreír y a señalar detrás nuestro.
Algo se veía por la ventana que llamaba especialmente su atención y les hacia sonreír aun mas.
Borregos como somos giramos nuestras posaderas para poder observar que era aquello que hacia tanta ilusión a esa honorable pareja.
Coño, con sorpresa, que no perdón, un pedazo de monte con toda la pinta de ser un volcán se veía por la ventanilla a nuestra espalda. Del susto creo recordar que nos pusimos de pie y empezamos a preguntarnos si era realmente posible que estuviéramos viendo en FUJISAN (富士山), ese pedazo de MONTE que incorrectamente llamamos Fujiyama.
Si, si, nos decían, es el Fujisan, el día uno de enero y justo después del amanecer. Eso solo nos puede traer buena suerte.
Mas contentos aun les dimos las gracias y nos fuimos cada uno para un sitio, Nerea al lugar donde dan de comer 24 horas, Felip a subir al edificio más alto de Tokio para regalarnos estas fotos.
Y yo a dormir que uno ya tenia bastante noche y mañana como para merecerlo
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