A comer al Sant Pau
Que no, que no es broma, que nos fuimos a comer a uno de esos restaurantes de los que uno no ve el numero de ceros, pero primero os lo contamos y luego os decimos el como, el cuanto y el por que.
Hace ya algunas semanas Chiqui nos convenció, que no hizo falta mucho, para ir a comer al San Pau. Nosotros como buena gente de mundo nos pusimos nuestra muda limpia y eah, a disfrutar de un menú de esos en los que todo tiene nombre y ninguno de ellos es “croCletas de la abuela”.
Para ir abriendo boca desde fuera podíamos ver la cocina y lo que se traían entre manos.
Así una vez dentro sabíamos que tenían las manos limpias, ¿verdad?
Mientras que iban preparándonos el menú nos dejaron unos “palitos de pan” unos normales y los otros de olivas negras. Y una tarjeta detallando lo que serian las entradas.
Había crocLeta, pero no era la de la abuela…
Una vista general de lo que serian nuestras entradas y ahora al lio.
Evidentemente estaba todo escrito en el orden en el que nos sugerian que consumieramos el excelente comienzo del agape. La presentacion impecable, de sabor, increible y entonces fue cuando ellos se dieron cuenta de algo con lo que no habian contado.
Sobre la mesa habia aceite, sal y pan…
No se la de veces que volvieron a servirnos pan, no tengo nada claro si nos comimos uno, dos o tres bollos, de lo que si estoy seguro es que entre plato y plato nos comimos un par de rebanadas cada uno.
Despues de los aperitivos y antes del plato principal nos pusieron un foiegras que tambien supo acompañar al pan.
Lo peor de este tipo de restaurantes es que da pena tocar el plato, esta todo tan bonito que en serio que uno lo mira un par de segundos, no mas, antes de comerselo.
Para plato principal teniamos dos opciones, carne o pescado. Afortunadamente para todos Nerea pidio pescado y los demas nos arrepentimos de haber elegido la carne, el pescado ganaba por diferencia.
Ojo que la carne estaba muy buena, pero nada, nada tenia que hacer comparada con el pescado. Y a todo esto, venga pan, y mas pan.
De los postres no hubo ni tiempo de hacer foto, pero si pudimos de lo que nos pusieron despues de los pontres, unas piruletas de amareto y un par de galletas para acompañar el cafe.
Increible. En ese momento nos retiraron el pan, maldita sea, pero nos tenian reservada una sorpresa al salir, eso si, antes nos dio tiempo a hacer el indio todo lo que quisimos, eramos los ultimos en el restaurante y ya no hacia falta guardar la compostura.
Al salir nos regalaron a cada uno de nosotros uno de los panes con los que habiamos comido, lo cual nos obligo, tampoco hizo falta convencernos mucho, a comprar una botella de aceite de oliva para poder disfrutar de ese pan como se merecia.
El todo, 5000 yenes, al cambio de esos últimos días unos 40 euros. Sabiendo que ese menú solo existe entre semana y al medio día, por la noche el menú mas barato ronda los 150 euros.
De momento no hemos vuelto, sabemos que Chiqui no pudo resistirse y volvió con la familia, y también sabemos que a ese precio volveremos algún día, siempre al medio día, porque la calidad, el trato y lo sorprendente del mismo merecieron la pena.
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